Durante siglos miles de escritores y escritoras ha reflejado en sus obras las maravillas y desventuras, las virtudes y sin sabores, las alegrías y las tristezas del amor. Ya sea en los textos de Ovidio o en los libros más recientes como los de Isabel Keats, se han sucedido millares de formas de contar las relaciones más románticas y también las más tristes. La felicidad indescriptible del amor correspondido o el dolor infinito de la ruptura con el ser amado. 
Cuando se da este último caso se nos narra el sufrimiento de los cónyuges, de sus familias, sus amigos, de todos aquellos seres humanos que les quieren, empatizamos con ellos a través de la lectura. Pero creo no equivocarme al decir que casi nunca se ha reflejado el dolor de los compañeros animales de esas parejas rotas, el dolor de esos seres que durante años dieron su amor incondicional a esa pareja de humanos que les alimentaban y cuidaban, y que de la noche a la mañana (literalmente), se convirtieron en un estorbo, sin sitio donde ir, porque las nuevas vidas de aquellos que deberían protegerles no tenían sitio para ellos.

Este es el caso de Angus (negro) y Jueves, de 6 y 9 años respectivamente. 

Mirando a los ojos de estas dos bellezas, uno se da cuenta que alguien debería de escribir sobre ellos, sobre esa pena insondable que se vislumbra en su mirada. Ese sentimiento de no entender nada, no comprender porque de estar atendidos en un hogar han pasado a ser queridos y cuidados por unos desconocidos, pero en el espacio reducido de una jaula. Ellos esperan, no ya volver con quien fue su familia, sino al menos, encontrar alguien que les ame y les quiera, alguien con quien dormirse al caer el día y levantarse al despuntar el alba, alguien en definitiva para compartir amor.

¿Quieres ser tú?

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