lady mcbethLa pequeña Lady Macbeth lloraba en su jaula de Cantoblanco: era a finales de julio y Su, Nin, Estherilla y yo recorríamos las jaulas eligiendo los gatos que tenían más posibilidades de sobrevivir; fue un día aciago. Muchos cachorritos se quedaron allí, para morir en unos días. Había una preciosa mamá azul, con cinco hijitos, ya afectados de rino. Una camada de negritos y careys de motas doradas, diminutos.
Uno de ellos se escapaba entre los barrotes, y se marchaba de jaula en jaula, protestando.
Muchas veces he pensado en aquellos animales, en el modo en el que miraban por detrás de las rejas, y en la impotencia con que cerramos la puerta.
No nos habíamos fijado en Lady Macbeth. Era blanca y negra, con manchas simétricas, linda, muy cariñosa, de unos dos meses: pero frente a los gatos de plazo cumplido, o a Mesalina, que estaba considerada hostil, o Drusila, tan enferma, o Ylla, con un ojito cerrado, no tenía demasiadas oportunidades. Su y yo la acariciábamos, y ella arqueaba el lomo para pedir más mimos. Era adorable.
Entonces, vimos que tenía las uñas destrozadas: algunas de ellas habían sangrado hacía poco. Tampoco tenía bigotes: apenas unos pelitos tiesos de un centímetro de largo. Quise llevármela.
Tenía que llevármela. Con gatos de más, muchos más de los que pensábamos, salimos de allí. Lady Macbeth iba en brazos de Su, ronroneando.
En cuanto la rescatamos dejó de llorar. Estaba sana, flaquita y mimosona. Nadie la había maltratado: con el estrés, ella misma se había lesionado uñas y bigotes.
Decidimos que fuera yo quien la tuviera en cuarentena. La bauticé como Lady Macbeth. Nunca hubo nombre peor puesto. Nunca ha habido una gata tan de azúcar y chocolate.
No ha dado un problema. Vino sana, y sigue sana. Su carácter es excelente, y su salud, de hierro. A los veinte días, conoció a mis gata, y se hizo inseparable de Rusia. Con su rabito tronchado, seguía el paso de mis otras gatas, y guardaba las distancias con Iona, que se dedicó a demostrar quién mandaba allí. Cuando apareció un adoptante para ella, me alegró saber que era en mi círculo cercano.

 

Ella, el cariño hecho persona, me seguía con sus ojitos rasgados, a la espera del menor descuido para piar y aprovechar una caricia. Cuando no la encuentra por casualidad, golpea con su patita y mira. Ojos oliva y mirada de bebé. Piuuuu piuuuuu. Mee.

 

Por suerte, el adoptante no se la llevó: Lady Macbeth se ha quedado en mi casa, tan feliz de compartir su vida con los humanos que basta mirarla para que ronronee y se tumbe patas arriba. No le gustan las caricias en la tripa, ni que le corten las uñas, y le asusta la canción “If I were a richman”. Un no decidido a los musicales.
Le encanta Shakira, Ivan Ferreiro, los desconocidos, y lavar. Lavar a destajo. Lame a las otras gatitas, y mantiene a Rusia, un tanto dejada, impecable. Se lame ella,que reluce, sedosa. Me lame a mí, que no cumplo al parecer con sus estándares de higiene.
Está gordita, pero no le gusta que se lo recuerden (pero su mote, Pequeña Foquita, le gusta y lo lleva con orgullo). Pasó por su esterilización con valor y sin aspavientos. Es bondadosa y obediente, un poco miedica, nunca se mete en líos, aconseja a Rusia con más bien poco éxito, y ha logrado hasta llevarse bien con Iona.
Hace que cada día, cada mañana que saluda con su gorjeo de pájaro, cobre un sentido nuevo.

 

Nunca me alegraré lo bastante de haberme fijado en la jaula 14, aquel día dejulio en Cantoblanco.